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Cine Ceará 20 Años – Más que una fiesta

Por Rosemberg Cariri
Un festival de cine no es apenas una fiesta, es mucho más, es la resaca de la fiesta, el encuentro con la propia conciencia, el malestar de la civilización, la interrogación puesta en la urgencia de la vida, el signo que no fue traducido, la herida expuesta de nuestras propias angustias reveladas (en las películas). Un festival es el ritual profundo de nuestro encuentro con el espejo. Tal vez tenga que ver más con psicoanálisis que con arte, pues hace al hombre sumergirse (con una antorcha en la mano) en sus propias sombras. Una película es siempre proyectada en el alma, la pantalla está dentro de nosotros. Tal vez tenga que ver más con ética que con estética, una vez que se coloca delante del arte la reflexión del ser.
Un festival de cine no es apenas un evento oficial, es mucho más. Aunque las autoridades sean citadas y los patrocinadores alabados, aunque los premios sean distribuidos y los homenajes prestados, un festival es más que lo que se realiza en los márgenes, en los subterráneos, en las orillas, en el submundo. Un festival es, sobretodo, lo que se rebela, lo que incomoda, lo que provoca la respuesta imposible. Un festival es un ejercicio de la crítica, no la crítica de hecho y ordinaria, y sí la crítica que interroga, que expone, que apunta caminos y abismos. Cuando en un festival, una película se encuentra con su público (independiente de su propio mérito), no sólo emociona y despierta amor y odio, también cuestiona el estar-en el-mundo e inquieta al ser-en el-mundo. No que una película tenga la capacidad de transformar el mundo, pero sí de esculpir con luces la roca de la oscuridad, propone una narrativa imaginaria y onírica (no existe filme real) que se transforma en una fuerza misteriosa, con capacidad de poner en movimiento la “central enérgico-psíquica” de público, haciendo del espacio público, más que una Academia de Gimnasia (en el sentido que le daba Platón), una arena, donde se enfrentan los gladiadores de ideas oponentes (en sus diversas gradaciones), y todo es posible: de los más sublimes vuelos a los más abyectos golpes.
Un festival es como un microcosmo de la sociedad y del tiempo histórico en que vivimos, reproduciendo (en laboratorio) muchas de las bellezas y de las miserias humanas. Un festival de cine cansa, engorda y hace mal a la salud, pero es siempre un acontecimiento fascinante, donde se exacerban las pasiones y tiene lugar la posesión del hombre por las artes. Un festival es un ritual primitivo y pos-moderno, al mismo tiempo.
De un festival, no me interesa el glamour, el brillo, el éxito, el oficialismo, el sensacionalismo. Antes, me interesan sus inquietudes y contradicciones. En el CINE CEARÁ, en estos, 20 años de existencia, lo que me interesa es la búsqueda de comprensión de lo que la historia no reflejó, es el debate que el viento se llevó, es el encuentro que la vida desmembró, es la sociedad que se dio de forma inusitada, es lo que permitió la ruptura, es lo que apuntó para lo nuevo, es el berrido de la res al avistar el matadero.
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